
Y para terminar con "La semana de Perón", transcribo un fragmento del general hablando de cómo empezó su relación con Evita, porque a fin de cuentas, como canta Ricardo, todo es en vano si no hay amor, compañeros (?).
La conocí entre las locuras del terremoto de San Juan. Un sábado sucedió la catástrofe, el 15 de enero de 1994. Al día siguiente, movilicé al país entero en auxilio de la ciudad devastada. Mi oficina de había convertido entonces en un poderoso ministerio. Yo era el Secretario de Trabajo y Previsión.
Despaché aviones y trenes de ayuda, fleté camiones con víveres y carpas, organicé comisiones de beneficencia que recorrieron el país en busca de fondos. Era una terrible desgracia. Entre las ruinas, quedaron ocho mil muertos.
Los artistas de ofrecieron a colaborar desde el principio. Muchos, sólo para hacer pinta. Otros, sinceramente, se quedaron a trabajar. Eva fue la más fervorosa. Al sábado siguiente del terremoto, hubo en el Luna Park un festival a beneficio de las víctimas. Alguien la sentó a mi lado. Ella me clavó los ojos castaños, profundos, y con dulzura me dijo:
--Coronel...
--¿Qué hija?
--Gracias por existir.
Gracias por existir. Esa frase me desbarató el alma. Yo quería seguir hablando con ella, pero los agitaciones del momento no me lo permitían. Por primera vez la miré, intensamente. En el escenario, Libertad Lamarque cantaba “Madreselva”. Eva era pálida y nerviosa. Vivía despierta, en tensión. Me impresionaron sus manos, finas, ahusadas. Sus pies eran iguales, como una filigrana. Tenía los cabellos largos y los ojos febriles. De figura no estaba bien: era una de las típicas criollas flacas, con las piernas derechas y los tobillos gruesos. No fue su físico lo que me atrajo. Fue su bondad.
Le pregunté dónde trabajaba.
--En la radio de Yankelevich. Radio Belgrano.
(...) A la semana siguiente me di una vuelta por la radio. Llamé a las revistas y pedí que nos sacaran algunas fotos juntos. El ruso Yankelevich no la trataba bien, y yo quería darle a entender que, si se pasaba de vivo, tendría que vérselas conmigo.
Evita se mostró de los más agradecida. Vino a verme a la Secretaría de Trabajo, para seguir colaborando con las víctimas de San Juan. Le di carta blanca. Ella tomó entonces un avión ambulancia, recorrió la ciudad destruida, y volvió de allá con una lista de necesidades que satisfice de inmediato.
Era tan inteligente y sensible que no podía quitármela de la cabeza. Irradiaba la fuerza de una catarata. Ni entre los hombres que me secundaban hubo alguno que la igualase.
(...) Al poco tiempo de conocernos, ya no había para qué simular. Nos fuimos a vivir juntos. Ramírez había fracasado y tuve que poner a Farrell en su lugar. Como el ejército no confiaba mucho en la lumbrera del nuevo jefe, me obligó a que aceptase yo la vicepresidencia de la República y el Ministerio de Guerra. A mí me interesaba más la Secretaría de Trabajo, y también me quedé con eso.
Pronto, la envidia nos clavó las garras. Los militares se asustan cuando ven una falda suelta. Quieren a las mujeres atadas y con la pata quebrada. Eva no era de esas. Me vinieron con planteos zonzos. Que un militar de mis kilates no podía enredarse con una bataclana. Y me llenaron la cabeza de chismes sucios. Los tuve que parar en seco. Un día los reuní en el Ministerio y les dije: “No soy un hipócrita. Siempre me han gustado las mujeres y me seguirán gustando. No veo en qué consiste la inmoralidad. ¡Lo inmoral sería que me gustaran los hombres!”.