
miércoles, 30 de enero de 2008
Fanáticas de Ricardo Arjona: hay que matarlas a todas

jueves, 24 de enero de 2008
Gracias por existir

Despaché aviones y trenes de ayuda, fleté camiones con víveres y carpas, organicé comisiones de beneficencia que recorrieron el país en busca de fondos. Era una terrible desgracia. Entre las ruinas, quedaron ocho mil muertos.
Los artistas de ofrecieron a colaborar desde el principio. Muchos, sólo para hacer pinta. Otros, sinceramente, se quedaron a trabajar. Eva fue la más fervorosa. Al sábado siguiente del terremoto, hubo en el Luna Park un festival a beneficio de las víctimas. Alguien la sentó a mi lado. Ella me clavó los ojos castaños, profundos, y con dulzura me dijo:
--Coronel...
--¿Qué hija?
--Gracias por existir.
Gracias por existir. Esa frase me desbarató el alma. Yo quería seguir hablando con ella, pero los agitaciones del momento no me lo permitían. Por primera vez la miré, intensamente. En el escenario, Libertad Lamarque cantaba “Madreselva”. Eva era pálida y nerviosa. Vivía despierta, en tensión. Me impresionaron sus manos, finas, ahusadas. Sus pies eran iguales, como una filigrana. Tenía los cabellos largos y los ojos febriles. De figura no estaba bien: era una de las típicas criollas flacas, con las piernas derechas y los tobillos gruesos. No fue su físico lo que me atrajo. Fue su bondad.
Le pregunté dónde trabajaba.
--En la radio de Yankelevich. Radio Belgrano.
(...) A la semana siguiente me di una vuelta por la radio. Llamé a las revistas y pedí que nos sacaran algunas fotos juntos. El ruso Yankelevich no la trataba bien, y yo quería darle a entender que, si se pasaba de vivo, tendría que vérselas conmigo.
Evita se mostró de los más agradecida. Vino a verme a la Secretaría de Trabajo, para seguir colaborando con las víctimas de San Juan. Le di carta blanca. Ella tomó entonces un avión ambulancia, recorrió la ciudad destruida, y volvió de allá con una lista de necesidades que satisfice de inmediato.
Era tan inteligente y sensible que no podía quitármela de la cabeza. Irradiaba la fuerza de una catarata. Ni entre los hombres que me secundaban hubo alguno que la igualase.
(...) Al poco tiempo de conocernos, ya no había para qué simular. Nos fuimos a vivir juntos. Ramírez había fracasado y tuve que poner a Farrell en su lugar. Como el ejército no confiaba mucho en la lumbrera del nuevo jefe, me obligó a que aceptase yo la vicepresidencia de la República y el Ministerio de Guerra. A mí me interesaba más la Secretaría de Trabajo, y también me quedé con eso.
Pronto, la envidia nos clavó las garras. Los militares se asustan cuando ven una falda suelta. Quieren a las mujeres atadas y con la pata quebrada. Eva no era de esas. Me vinieron con planteos zonzos. Que un militar de mis kilates no podía enredarse con una bataclana. Y me llenaron la cabeza de chismes sucios. Los tuve que parar en seco. Un día los reuní en el Ministerio y les dije: “No soy un hipócrita. Siempre me han gustado las mujeres y me seguirán gustando. No veo en qué consiste la inmoralidad. ¡Lo inmoral sería que me gustaran los hombres!”.
Sobre la historia
Juan Domingo revisaba los apuntes de sus memorias junto a López Rega. Y en un momento, su secretario le advirtió que algo que habían escrito era falso, que entraba en contradicción con los sucesos reales. Perón, entonces, le contestó que eso no importaba y que lo dejaran tal como estaba, que esa era su voluntad. Y remató diciendo: "La historia es una puta, López. Se queda con el que paga más".
lunes, 21 de enero de 2008
La novela de Perón

Completé la lectura de La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez.
Este libro, que no es el único que el autor dedicó a Juan Domingo, repasa la vida de Perón desde su infancia hasta su muerte, mostrando no sólo los sucesos de dominio público de la vida del general sino también anécdotas y aspectos de su intimidad. Así, leer La novela de Perón me sirvió, por un lado, para enterarme de buena parte de nuestra historia, que ignoraba, y por otro lado, para conocer cómo era ese hombre que tanto incidió en Argentina.
Además de recomendar su lectura, a lo largo de esta semana voy a compartir con quien lea un par de fragmentos del libro, dando nacimiento, de este modo, a lo que titulé "La semana de Perón".
Arranco con Una sentencia genial, que está debajo de esta entrada.
Una sentencia genial

--¿Y la doctrina peronista? ¿Ha seguido rezándola todas las noches?
--No he faltado ni una, mi general, salvo cuando nos llevaron a las cárceles del sur y los de la revolución libertadora nos leían, hasta durmiendo, el movimiento de los labios. A la doctrina peronista me la sé al derecho y al revés.
--Eso es malo, Cámpora. Que algunos de sus muchachos se confunden y la dicen al revés. Siéntese aquí. Abra esos rollos. Los ejercicios nemotécnicos. ¿Qué ve?
--Una cara, mi general. Creo que es la cara de Figuerola. Lluviosa, como en el cine. Y una leyenda debajo. Sí, es él: “El pueblo jamás se olvidará de Perón no porque gobernó bien, sino por los otros gobernaron peor. Firmado: José Miguel Figuerola”.
El general suelta el corcovo de una carcajada.
--Es una sentencia genial. ¿Tiene presente a Figuerola?
--Cómo no tenerlo, señor. El gallego. Era una lumbrera.
--El mejor estadígrafo del mundo. Inventó el Plan Quinquenal, los Rollos de la Memoria, un Dado que adivinaba revoluciones, el Nuevo Almanaque de Fiestas Patrias, el Bolillero de Ascensos Militares. Si lo hubiese mantenido a mi lado, a mí no me volteaba nadie...
--Tal cual, mi general. Coincido en todo. Jamás olvidaré los esfuerzos que Figuerola hizo para disimular el acento cuando leyó el Plan Quinquenal en el Congreso.
Luego, Perón somete a Cámpora, que en ese entonces era el presidente de Argentina, a recitar de memoria los preceptos de la doctrina peronista, cosa que cumple a la perfección.
En particular, Juan Domingo le dice que para un representante de él, como es el caso de Cámpora, los más importantes son el primero y el dieciséis: “Nuestro partido en un partido de masas, unión indestructible de argentinos, que actúa como institución dispuesta a sacrificarlo todo con el fin de ser útil al general Perón” y “El general Perón es el jefe supremo. Inspirador, creador, realizador y conductor. Puede modificar o anular decisiones de las autoridades partidarias, como así también inspeccionarlas, intervenirlas o sustituirlas”.
--A sus muchachos recuérdeles el setenta y siete.
--Es el que más vivo tengo, mi general.
Precepto diecisiete de la doctrina peronista: “En toda circunstancia un peronista debe sostener que cada decisión de un gobierno peronista es la mejor. No admitirá jamás la menor crítica ni habrá de tolerar la menor duda”.
--¿Siente la diferencia de estilo? Los otros son de Figueroa, un civil. Este último sólo puede ser obra de un militar. Es mío. Preste atención, Cámpora. Antes que nos perdamos de vista en Buenos Aires...
--¿Cómo puede suponer eso, señor? Iré a verlo todos los días. Estaré disponible para usted las veinticuatro horas...
--Pero yo no sé si estaré disponible. Me llevo muchos temas para pensar...
--¿No querrá dejarme solo con el gobierno, mi general? Si usted renuncia al poder, renuncio yo también.
Perón observa con desconcierto al presidente. No puede comprender que él no comprenda.
--¿Cómo se le ocurre, hombre? No podría renunciar, aunque quisiera. Llevo el poder conmigo, como estas piernas. Atiéndame tranquilo. Mándele a hacer un documento a Figuerola.
--Sí, señor.
--Y que debajo pongan: “El mejor estadígrafo del mundo. No porque fuera bueno, sino porque los otros eran peores”. Anótelo.
--Ya, señor. Haré que así lo graben en el mármol.
miércoles, 16 de enero de 2008
Header y banner

Actualización (?): ahora además de banner, el blog también tiene header. Y todo, nuevamente, gracias a Pablo. Por favor, no dejen de comprarle una remera, como haré yo en lo inmediato (?).
Ahora sí que El blog de P. S. Kluivert se va pa arriba (?).
Nota de crédito
